martes, 26 de julio de 2016

Mar

Tumbada en la cómoda hamaca, la mujer del bañador negro ve la vida pasar sin participar en ella. Sus ojos, ocultos por unas enormes gafas, parecen haber vivido mil vidas y su cabello, a buen recaudo bajo la enorme pamela que se ha puesto para disfrutar del mar Atlántico, parece sacado del sueño de algún pintor suicida. Ya no se cuestiona nada, ya no se pregunta por qué fue elegida para llevar el tipo de vida al que tan bien se ha acostumbrado pero tanto hastío ha llegado a producirle. Simplemente se deja llevar, como las olas que van a morir a la orilla de la enorme masa de agua que ve desde su confortable tumbona.


Un marido guapo y rico, unos hijos que parecen haber salido de un cuento de hadas y una vida acomodada. No es que todas estas cosas no sean motivo de alegría, en el pasado lo fueron, es simplemente que empieza a asfixiarse, a sentir que el aire ya no llega del todo a sus pulmones, o no como debería. Se retuerce las manos, en busca de una salida, pero lo ha intentado una y mil veces y es incapaz de hacer nada. Está tan acostumbrada a no hacerlo, que ya no sabe si sigue siendo ella misma o si se ha convertido en otra persona. Sumisa, sin personalidad.

Suspira y se acomoda de nuevo, colocando bien los pliegues imaginarios del traje de baño de licra. No tiene sentido seguir intentándolo, lo mejor que podría hacer sería tomarse un bote de pastillas de los que guarda en el cuarto de baño, pero ni para eso tiene ánimos o valentía. Observa el mar, envidiosa de su libertad, y cierra los ojos. Paz, eso si que puede encontrarlo. Al menos en aquella playa sureña.

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