sábado, 27 de enero de 2018

Alma

Era incapaz de conciliar el sueño. La voz atronadora de la tormenta se ocupaba de que fuera imposible descansar aquella noche. Dio una nueva vuelta en la cama helada e intentó entrar en calor frotándose un pie contra otro. Apretó los ojos con saña, como si solo a base de fuera de voluntad fuera a ser capaz de conjurar a Morfeo. Aquel era un dios caprichoso y los deseos de una niña de 12 años parecían no estar entre sus prioridades. 

Molesta consigo misma encendió la lámpara de la mesilla de noche y durante el segundo que dio paso de las tinieblas a la luz le pareció ver algo en una de las paredes. La ensoñación se evaporó de inmediato y la chiquilla negó con la cabeza, dejando de lado lo que creía haber visto. Se destapó con energía y se calzó las zapatillas de andar por casa. Tomar un vaso de leche le pareció la mejor idea para hacer venir al sueño. 

El pasillo estaba muy oscuro y Alma tragó saliva. A pesar de jactarse frente a sus compañeros de clase de que había superado el medio a la oscuridad cierto desasosiego si que le producía la falta de iluminación. Sin embargo intentó mostrarse valiente. De día aquel corredor no asustaba en absoluto. Apretó los dientes y de una carrera atravesó el lugar en menos de un minuto. Una vez a salvo, en la cocina, encendió la luz y por el rabillo del ojo creyó ver de nuevo aquella cosa que pareció intuir en su alcoba. Suspiró y cerró los ojos. Al abrirlos aquella cosa (quizás hubiera sido mejor referirse a ella como ser) seguía allí. 


Era de corta estatura y piel viscosa. Su delgadez era extrema y de la cabeza le caían algunos mechones de cabello desordenado. Tenía los miembros largos y sus formas eran antropomorfas, a pesar de ello caminaba más bien encorvado y no paraba de temblar. Sus ojos, unos enormes ónices que no dejaban de observar a Alma, brillaban en medio de una cara sucia y esquelética con un amago de nariz y unos labios gruesos que se mantenían solapados y que parecían ocultar unos dientes enormes dado su abultamiento. La niña dio un respingo y la criatura hizo otro tanto. Durante un segundo eterno ambas se quedaron en silencio, sus miradas conectadas como si estuvieran hablando un lenguaje que solo ellas podían entender. 

—Edward —susurró la niña entonces, acercando su mano a la del diminuto ser que no paraba de tiritar—, papá te ha dicho que no puedes subir a casa sin permiso. 
—Edward tiene permiso —contestó la criatura con una voz tan humana como la de Alma, aunque masculina. Ni siquiera miró la mano que le acercaban. 
—No es verdad. 
—¡Hermana mayor mala! 
—¿Y si no le contamos nada a papá y duermes esta noche en mi habitación? 
Los ojos de Edward se volvieron menos oscuros, parecidos a los de un niño de seis o siete años, y aferró los dedos de la chica, eufórico. Tomaron un poco de leche y se fueron por donde Alma había venido un momento antes. La chica solo esperaba que su padre no descubriese que había dado cobijo al pequeño. No le gustaba nada que Edward abandonase el sótano donde vivía.

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