Una vez más me enfrento a la responsabilidad de escribir algo que esté a tu altura. Cada año me gusta recordar todas las cosas buenas que te adornaban, y que eran muchas, y el duodécimo aniversario de tu marcha no va a cambiar la tónica.
En esta ocasión creo que hablaré de tu generosidad y de cómo nos recordabas una y otra vez a mi hermano y a mí que debíamos ser fieles a nosotros mismos y hacer el tipo de cosas que realmente nos llenara. En mi caso, leer y escribir.
Os pongo un ejemplo.
Debía rondar el mes de abril, más o menos, y en el centro comercial de referencia de la ciudad habían puesto unos puestos con libros. Ibas con mamá a pasear algunas mañanas por allí y, como no podía ser de otra manera, la convenciste para echar un vistazo. Que ese «solo mirar» acabase convirtiéndose en llevar un regalo a la niña tampoco la sorprendió ni a ella ni a ti. A mí tampoco en realidad.