Abro los ojos en medio de la oscuridad. Vuelvo a tener el corazón acelerado y la boca seca. Como cada noche desde que ella se marchó. Ruedo hasta quedar encarado hacia la ventana, desde la que se filtran algunas luces de la ciudad. Tomo aire, pero el nudo que tengo en el estómago aún está tenso como el metal. Respiro una, dos y hasta tres veces hasta que consigo que mi pecho deje de palpitar.
Cierro los ojos, a la espera de que esta noche Morfeo al fin se apiade de mi. Sin embargo, no sirve para nada y acabó por levantarme y dar un paseo por el piso que antes compartía con ella. Ya no están sus libros, ni las tazas que coleccionaba. Ni siquiera ha dejado tras de sí un triste cepillo de dientes con las cerdas abiertas o alguna prenda de ropa. Tan solo a mí.
