viernes, 27 de julio de 2018

El poder de la mente

El sol caía sobre su rostro mientras el coche no dejaba de aumentar su velocidad. Ni las oscuras gafas de sol que cubrían sus cansados ojos ni el potente aire acondicionado eran suficiente para que el calor que sentía se disipara. La furia era tal que tenía los nudillos blancos como la cal de apretar el volante. Apagó la radio de un manotazo y se encendió el duodécimo cigarro del día. Las multas por el consumo de tabaco en carretera habían dejado de importar un tiempo atrás. 


Apretó la mandíbula hasta hacerse daño y observó el indicador de velocidad. Iba demasiado rápido. Aminoró e intentó no volver a saltarse de esa manera los límites. Podía soportar una sanción por fumar, una por exceso de velocidad podría acarrearle problemas de más. Se concentró en conducir durante un rato. Quizás así fuera capaz de deshacer el nudo de ira que aprisionaba su estómago. 

Había funcionado otras veces y esperaba que esta no fuera una excepción. Unos minutos más tarde sus manos agarraban el volante con delicadeza y hasta se permitió un poco de música. No de la misma emisora que le había sacado de quicio hace un rato, sino que optó por los clásicos de siempre. La serenidad regresaba, su mente se templaba. Así, quizás, pudiera hacer frente a los duros momentos que se avecinaban. 

No es una mala manera de hacer las cosas. Porque en ocasiones el enfado nos hace más difícil la toma de decisiones, nubla nuestro juicio. A veces hay que tomarse un respiro, pensar y enfrentarnos al problema con mayor tranquilidad. La furia nunca es la mejor compañera.

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