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domingo, 27 de diciembre de 2020

Susurros y ponzoña

Llegué a vuestro mundo cuando el primer hombre se sostuvo sobre dos piernas. Lo abandonaré cuando el último de ellos desaparezca convertido en ceniza. He estado con vosotros desde siempre y ninguno de vosotros fue consciente de mi presencia, pero mi voz ha sido capaz de cambiar el curso de los acontecimientos. Ha sido decisiva. Un susurro sutil en el oído adecuado hace maravillas. Sobre todo cuando creéis que la idea ha sido vuestra. Es todo un espectáculo digno de verse como os atribuís el mérito o, si no os conviene, echáis la culpa a cualquier otra cosa.

Los humanos sois así: os gusta presumir cuando las cosas os salen bien y preferís atribuir el mérito a los factores externos si fracasáis. Sois muy graciosos, lo reconozco, y casi siempre lo sois del modo que a mí me gusta. Os dejáis embaucar, vuestros sentimientos os ciegan.

La crueldad de cierto emperador romano y el hecho de que haya pasado a la historia como uno de los líderes con peor temperamento no es casualidad. Todo empezó con una chispa que alguien que vestía del color de la noche murmuró con pericia. A este líder lo recordáis como un asesino de cristianos al que gustaban mucho las ejecuciones. Dicen que incluso mandó matar a su propia madre. Uno de mis mejores trabajos.

Algo parecido ocurrió con aquel francés bajito y ambicioso. Fue sencillo. La semilla estaba ahí, dentro de él, solo había que ofrecerle los nutrientes necesarios para que germinase. Y vaya si lo hizo. Podría contaros miles de anécdotas sobre su mal humor o su arrogancia, como aquella noche en Egipto en la que creyó tener una revelación. Una que lo convirtió en alguien aún más déspota y tiránico, como bien comentan los libros de historias.

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